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LAS HADAS DE WEARDALE

En esta primera entrada de la serie “Folklore y lo sobrenatural”, se rendirá homenaje a esos seres pequeños que muchas veces se les ha retratado de forma inocente, dulce y bucólica. En el siguiente cuento se muestra la reticencia de las hadas a ser vistas y el esfuerzo junto al ingenio humano, que lucha incansable por el ser querido.



“Las hadas de Weardale”


Una tarde de primavera, se encontraba una joven de tez blanca y cabellos claros recogiendo onagras, la flor favorita de las hadas, cuando topó con una cueva de la que escapaban las voces de las pequeñas criaturas aladas. La joven permaneció unos segundos boquiabierta observando las danzas de las mágicas criaturas hasta que su obnubilación fue interrumpida por los gustos de estas. Salió apabullada corriendo hasta casa para contar a su padre lo sucedido. El padre de la muchacha temía la terrible consecuencia que este hecho acarrearía, sin embargo, por no querer alterar más a su hija decidió no contarle nada.

Acudió el hombre a un pueblo vecino esa misma tarde en busca de una sabia mujer que mediante un ingenioso ardid se había podido librar de las hadas. La anciana le advirtió que aquella misma noche las hadas raptarían a su hija. La única forma de evitarlo era manteniendo la granja en un completo silencio.


Siguiendo los consejos de la sabia, antes de medianoche paró su reloj, dio de comer carne y leche a sus perros hasta hartarles, llenó los establos de heno para que los cascos de los caballos no sonaran, cebó a los cercos y finalmente se descalzó. Los pequeños ponis de las hadas fueron escuchados por el hombre tendido en la cama, su hija dormía. Cuán desgraciada fue su suerte pues al escuchar ruidos extraños, el pequeño perro que dormía en la cama de la joven comenzó a ladrar. Cuando el padre abrió la puerta del cuarto, ya era demasiado tarde, su hija había desaparecido.


No se dio por rendido y a la mañana siguiente volvió a visitar a la venerable anciana. Esta le dijo que aún quedaba una brizna de esperanza para poder recuperar a su hija y que para ello debía presentarse en la cueva donde su hija avistó a los seres llevando en el pecho una rama de serba, una luz que no ardiese, un pollo sin huesos y una extremidad de cualquier ser sin haber derramado una gota de sangre.

Desalentado, volvió a casa cuando encontró bajo la lluvia a un anciano, todo huesos, que mendigaba ayuda. Pese a su desdicha, el hombre ayudó al mendigo. Este creyó justo devolver su ayuda en agradecimiento. El hombre le habló sobre el rapto de su hija y la dificultosa tarea de encontrar lo que su rescate requería. A esto, el mendigo aconsejó atrapar luciérnagas en un bote de cristal. De esta forma conseguiría una luz que no ardiese. Al terminar de hablar, el anciano desapareció mágicamente.


Mientras capturaba una a una las luciérnagas, el padre escuchó los aleteos de un halcón atrapado en las ramas. Al ayudarle, el halcón alzó el vuelo para volver a donde se encontraba el hombre y sorprenderle hablando su idioma y ofreciendo su ayuda. Contó lo mismo que había contado antes al mendigo y el ave recomendó llevar consigo un huevo puesto hace quince días y de esta forma podría presentar un pollo sin huesos.


En el camino a casa, la fina luz de esperanza se colaba por los recovecos de su desdicha. Está fina luz no llegaba a pasar del todo, incapaz de traspasar del todo debido a la última y más dificultosa tarea, encontrar un miembro de un ser vivo sin derramar sangre.


Cuando estaba a pocos metros de su casa oyó que desde la maleza escapaban unos chillidos agudos. Un conejo atrapado en una maquinación humana pedía auxilio en la lengua de los hombres. Ante tal asombroso encuentro decidió liberar al parlante animal. Fue entonces cuando este se ofreció a ayudar al hombre. Aconsejó que encontrase una lagartija y que la sujetarse por la cola, de ese modo, el animal huiría despavorido dejando la cola atrás sin derramar una gota de sangre.



Una vez dentro, las hadas incapaces de hechizar al hombre debido al mágico poder de la serba pidieron ayuda su rey. El rey de las hadas, al escuchar la petición del hombre se negó, y a esto le siguió la muestra de los tres objetos para aceptar lo que pedía: una luz que no se diese, un pollo sin huesos y un miembro sin haber derramado gota de sangre.

Desaparecieron todas las hadas mágicamente y del fondo de la cueva corrió la muchacha al encuentro de su padre para reunirse en un abrazo. Al llegar a casa, la joven prometió a su padre no volver a recoger onagras, las flores favoritas de las hadas.








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